En una fría mañana de otoño los Usuluni se pusieron de nuevo en marcha, cogieron sus viejas capas remendadas que tanto habían sufrido, se pusieron sus chaquetones de lana que los hombres de los bosques les habían tejido hacía ya varios años y despidiéndose de sus familias, amigos y seres queridos partieron hacia Dol Amroth, un mensaje del Sr. Amondil, escudero de la ciudad les invitaba a viajar tan pronto como les fuera posible. Hacía tiempo que no se hacían al camino y las primeras gotas de lluvia les saludaron para recordarles que cada viaje que emprendían lo habían hecho con el agua en el rostro.
Apenas unas jornadas después doblaban el último recodo del camino de los acantilados que lentamente se desgranaba hasta la ciudad del Príncipe. Sin pausa caminaron hasta el Taller y Herrería de Tarminion Spa, el mejor herrero y orfebre de la ciudad que, en otros tiempos, les fue de tanta ayuda y dió tan buenos consejos.
El taller se encontraba cerrado, la lluvia arreciaba fuera y el viento cargado de sal llegaba desde el puerto, un criado ataviado con un pesado capote les abrió e iluminado con un fanal les guió hasta el interior del estudio. Mientras se deshacian de sus capas y gorros y entraban en calor les llegó el rumor de risas y conversación desde el estudio del anciano herrero. El olor a pipa llenó a Adrahil de recuerdos de otros lugares y recordó cuan extraño era ver esas costumbres en los hombres de Gondor. El criado llamó a la puerta y abrió, un calor acogedor los recibió y el olor a humo, alcohol y viandas los revivió. Sentados junto a la lumbre y compartiendo un brandy y una pipa estaban Amondil, escudero de Dol Amroth, el propio Tarminion Spá, un enano de larga barba blanca y ojos sabios y un anciano de cabello blanco, nariz aguileña y raídas vestiduras grises.
"Por fin los tan famosos usuluni, cuanto había oído hablar de vosotros y en que términos tan elogiosos. Por fin nos conocemos, soy Olorin", rió Gandalf.
Apenas unas jornadas después doblaban el último recodo del camino de los acantilados que lentamente se desgranaba hasta la ciudad del Príncipe. Sin pausa caminaron hasta el Taller y Herrería de Tarminion Spa, el mejor herrero y orfebre de la ciudad que, en otros tiempos, les fue de tanta ayuda y dió tan buenos consejos.
El taller se encontraba cerrado, la lluvia arreciaba fuera y el viento cargado de sal llegaba desde el puerto, un criado ataviado con un pesado capote les abrió e iluminado con un fanal les guió hasta el interior del estudio. Mientras se deshacian de sus capas y gorros y entraban en calor les llegó el rumor de risas y conversación desde el estudio del anciano herrero. El olor a pipa llenó a Adrahil de recuerdos de otros lugares y recordó cuan extraño era ver esas costumbres en los hombres de Gondor. El criado llamó a la puerta y abrió, un calor acogedor los recibió y el olor a humo, alcohol y viandas los revivió. Sentados junto a la lumbre y compartiendo un brandy y una pipa estaban Amondil, escudero de Dol Amroth, el propio Tarminion Spá, un enano de larga barba blanca y ojos sabios y un anciano de cabello blanco, nariz aguileña y raídas vestiduras grises.
"Por fin los tan famosos usuluni, cuanto había oído hablar de vosotros y en que términos tan elogiosos. Por fin nos conocemos, soy Olorin", rió Gandalf.

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